
La pregunta sobre cuánto debemos narrar cuando informamos sobre una violación no es un mero debate técnico entre quienes ejercen el periodismo; es una cuestión política que define nuestra posición ante la estructura de poder que sostiene la violencia sexual. Como profesionales con perspectiva feminista, cargamos con la responsabilidad de romper un silencio histórico que ha servido de refugio para los agresores, pero también con el deber ético de no convertir el dolor de las personas agredidas en un espectáculo de consumo masivo.
Durante décadas, el periodismo optó por el eufemismo o el silencio, creyendo que así protegía una intimidad que, en realidad, solo beneficiaba al culpable. Al no nombrar la violencia en toda su dimensión, la estábamos despojando de su gravedad, convirtiéndola en un suceso casi accidental y privando a la sociedad de las herramientas necesarias para comprender que no estamos ante casos aislados, sino ante un problema sistémico que requiere una respuesta colectiva y firme.
Sin embargo, la precisión informativa no debe confundirse nunca con el sensacionalismo. Existe una frontera invisible, pero feroz, entre el detalle que sirve para acreditar un delito y el adjetivo que solo busca alimentar la curiosidad voyerista. La clave reside en la intencionalidad del relato: si el detalle sirve para que la justicia sea incontestable y para que el estigma cambie de bando, como valientemente reclamó Gisèle Pelicot, entonces la crudeza es una herramienta de reparación necesaria. Pero si el relato se recrea en la vulnerabilidad de la víctima, estamos incurriendo en una revictimización que perpetúa el daño y nos aleja de nuestra función social. Nuestra labor es devolver la agencia a quienes han sufrido la agresión. Esto implica que la norma no puede ser una tabla rasa aplicada por un manual de estilo rígido, sino un ejercicio constante de escucha activa y empatía profunda.
Debemos preguntarnos siempre quién posee el derecho sobre el relato. Un periodismo con perspectiva feminista es aquel que consulta, que respeta los tiempos de cada persona y que entiende que algunas víctimas necesitan que el mundo conozca cada milímetro de la injusticia para sanar, mientras que otras encuentran su paz en la sobriedad absoluta. La veracidad no está reñida con la protección; la verdadera maestría del oficio hoy consiste en ser capaces de señalar el horror sin despojar a la persona de su dignidad. Solo así conseguiremos que la información sea un motor de cambio social y no un ladrillo más en la pared de la humillación pública. Escribir sobre una violación es, en última instancia, un acto de equilibrio ético entre la denuncia necesaria y el respeto sagrado por la integridad de quien decide alzar la voz para que su historia sea contada.
SANDRA MORENO QUINTANILLA. Periodista
Artículo publicado en el Anuario 2025 de la Asociación de Periodistas de Cáceres