Pseudoperiodismo en las instituciones: una amenaza para el oficio y la democracia

Daniel Martín Pena

Siempre he defendido que la universidad debe acercar la realidad del mercado laboral a los futuros profesionales. En ese empeño, hace unos meses viajamos con un grupo de estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Documentación y la Comunicación al Congreso de los Diputados. El objetivo era claro: conocer de primera mano la labor de los periodistas que ejercen su trabajo en la sede parlamentaria. Durante la visita, el alumnado pudo entrevistar a una decena de colegas de diferentes medios y líneas editoriales, conversar con sus señorías y recorrer los pasillos y alrededores del edificio de la Carrera de San Jerónimo en los días de mayor actividad –martes y miércoles, coincidiendo con la sesión de control al Gobierno–. Tras las entrevistas a cámara, surgieron charlas distendidas y apareció el tema de los “pseudoperiodistas”, por denominarlos de alguna manera.

Hablábamos de personas con cierta prominencia en redes sociales que, amparadas en una acreditación y en la visibilidad digital, ejercen en estos espacios sin respetar las mínimas normas de ética y deontología profesional. Actores comunicativos que se rigen por la provocación, la falta de educación y el desprecio a las reglas básicas del oficio; que se dedican a polarizar y acosar no solo a diputados y diputadas, sino también a los periodistas que sí entienden el periodismo como un servicio público. Frente a quienes contrastan, preguntan y escuchan, estos optan por el camino fácil del clickbait y de la interrupción permanente, en busca de unos segundos de gloria.

El pseudoperiodismo se está consolidando como una práctica comunicativa peligrosa: adopta el lenguaje, los espacios y los símbolos del periodismo, pero renuncia explícitamente a sus principios esenciales. Estamos asistiendo a cómo “actores” sin formación específica, sin trayectoria profesional y sin compromiso con los estándares del oficio acceden a espacios tradicionalmente reservados a la prensa. Y lo más preocupante no es el acceso en sí, sino el uso que hacen de él: no informan, interpelan; no buscan respuestas, buscan conflicto; no aspiran a explicar la realidad, sino a generar contenido viral destinado a polarizar.

La situación que se vive actualmente en el Congreso ha sido denunciada tanto por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España como por la Asociación de Periodistas Parlamentarios. Y conviene subrayarlo: esto no va en contra de la diversidad de opiniones ni del pluralismo informativo, pilares fundamentales de cualquier democracia. Va de algo mucho más grave: de un clima contaminado que dificulta el ejercicio del periodismo profesional e incluso deriva en agresiones y acoso hacia quienes simplemente tratan de ejercer su trabajo con rigor. Convertir una sala de prensa en un plató de confrontación constante genera ruido. Y ese ruido termina silenciando la pregunta incómoda, paciente y fundamentada; la que nace del interés público y no del interés propio. Justo lo contrario de lo que persiguen estos pseudoperiodistas, cuyo propósito no es informar a la ciudadanía, sino movilizar emocionalmente a una audiencia fiel y reforzar una agenda ideológica previa.

Y no lo olvidemos, cuando el periodismo renuncia a su función social para convertirse en espectáculo o arma política, lo que se resiente no es solo una profesión, sino la calidad misma de la democracia.

DANIEL MARTÍN PENA. Decano de la Facultad de Ciencias de la Documentación y la Comunicación de la Universidad de Extremadura

Artículo publicado en el Anuario 2025 de la Asociación de Periodistas de Cáceres

 

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